Ciudad cazada (1)

Pasabas la mayor parte del día dando tumbos por la ciudad. Sin dirección ni horarios ni atascos en las avenidas. En aquellos días uno podía saltarse las reglas si quería. Cruzar por un paso de peatones con el muñeco en rojo. Salir de un establecimiento con la alarma antirrobos timbrándole en los oídos. Empezar la mañana al volante de un deportivo y llegar a casa por la noche bajando de un monovolumen. A cualquier casa. Todas las casas de la ciudad eran tu casa. Y si alguien ponía una objeción al respecto sacabas tu arma del cinturón y le pegabas un tiro. Y luego le pegabas un tiro a su mujer. Y luego otro a cualquiera que a esas alturas no te ofreciese un asiento. Y luego te ponías a ver un programa en la televisión con los pies apoyados encima de la mesa.

Por la mañana lo primero que escuchabas si dormías cerca del centro era el sonido de los semáforos. El pitido intermitente que avisaba a los ciegos de que había que acelerar el paso. Creo que sólo en accidentes de tráfico moría más gente en una semana que ahora en meses. Psicópatas encerrados entre hierro con sus corazones de hierro acelerando y clamando porque les dieses una excusa para cargar contra ti. Y siempre había una excusa para echar la culpa a otro. Hacia otro lado. Claro que ahora no hay ciegos. Todos fueron limpiados. Poco después alguien me preguntó si no echaba de menos el bullicio en las calles. Yo le dije que lo que echaba de menos antes era el silencio. Y otro poco tiempo después ya no hubo electricidad ni pitidos intermitentes y cualquier sonido parecía un trueno violando tu sien.

A menudo llovía. Y cuando lo hacía tenías que resguardarte. El agua llegaba a quemarte la piel. Lluvia ácida. Las fachadas de los edificios como caras de un niño con varicela. El granito gris moteado y sucio y largos chorreones de óxido cayendo como lágrimas desde los marcos metálicos de las ventanas de los pisos más altos. Como clavos de un hangar corroídos dentro de una vieja caja de herramientas. Cristales en el suelo reflejando el cielo rojizo. Todo un océano estallado y sólido trayendo el romper de las olas contra los riscos de la costa crujiendo a tus pies. Cosecha de estalagmitas cortando la suela de los zapatos entre montones de basura. Rastros de sangre muriendo bajo las cubiertas de los starbucks. Y de gasolina. Papeles tirados por todas partes. Trozos de ladrillo y de metal. Plástico y ropa sucia. Muebles, mesas, todo lleno de polvo y con sus miembros amputados. Volcado y destrozado y saliéndose del orden natural de las cosas si es que tal cosa existe. La inmutabilidad de las costumbres y lo establecido patas arriba rompiendo el concepto de lo perfecto del mundo de uno. Casi parecía que la ciudad entera fuese un enorme cubo de rubik que alguien ha girado desordenándolo por completo. El suelo en lo alto, la derecha a la izquierda. Policromía total. Cada cara con un cuadrado de amarillo y de rojo y de azul y de verde y de naranja y de blanco. Sintiéndote la pieza central, ahogada y estrujada por la maraña urbana.

Y tú allí, en medio de todo.

***

 

 

Cuando despertó aquel día le costaba respirar por el humo. El hollín se le metía por las fosas nasales arrastrando olor a desolación. El mundo esterilizándose a sí mismo. Se dio media vuelta aún con los ojos cerrados y luego a ciegas cogió la pequeña botella de agua mineral y desenroscó el tapón. Volcó la botella unos grados y dejó caer un poco de agua sobre su mano y después se frotó los ojos con ella suavemente alrededor de los párpados. Como si se desmaquillara. Quitándose el polvo de los ojos. Volvió a enroscar el tapón en la botella y dejó la botella al lado. Echó un rápido vistazo en derredor y vio el fusil de asalto y las dos cartucheras colgadas de una percha para abrigos en la pared. Ella aún dormía con las dos mochilas y el abrigo de pana bajo la cabeza haciendo las veces de almohada. Él se levantó y se subió la cremallera del jersey hasta la nuez. Salió de detrás de la barra americana procurando no hacer ruido y echó un vistazo a la calle desde la ventana. Ni un ruido por la noche, pensó. Corría un viento que levantaba en vuelo a su paso los papeles y basura del suelo. Arrastrándolos por el aire antes de dejarlos caer de nuevo, en un bucle que observó durante unos segundos más procurando no desvelar la posición que le ocultaba de cualquier posible observador. También pensó que seguramente si deambulaba por la ciudad y prestaba atención, se encontraría con el mismo anuncio publicitario que tenía enfrente tiempo después en algún otro lugar. Cuando se dio la vuelta ella ya estaba despierta mirándole. La mujer, dijo:

 

Pareces un fantasma.

Soy un fantasma.

Ya, todos lo somos ahora ¿verdad?

Así es.

Se quedó observando a la mujer. Pálida y delgada como un perro callejero. Las bolsas de los ojos hinchadas y los labios retorcidos sobre sí mismos al sonreír. Las tetas no mucho más del tamaño de un albaricoque que empieza a encogerse y arrugarse por la deshidratación. Si seguía perdiendo masa muscular no tardaría en llegar al punto de ser incapaz de seguirle el paso. Entonces tendría que tomar la decisión de dejarla a su suerte o correr aún más riesgos. Difícil decisión.

Bebe un poco de agua, nos vamos.

¿Los has visto?

No, pero no tardarán en venir. Estamos en la lista. Toda esta zona lo está.

Quieren limpiarnos.

Sí.

¿Y no puede ser que…Bueno, que las cosas cambien, que ya haya sido suficiente?

No lo creo. No pueden dejar resto alguno.

Es una mierda, todo esto.

Sí, lo es.

Fue al baño del restaurante y se acercó a un retrete y se bajó la cremallera del pantalón militar y se sacó la polla. Le escocía ligeramente desde hacía tres días. Cuando meaba era peor. Y no sabía cómo iría unos días después. Pensó en qué haría si la orina salía tiznada de rojo. Después dejó de pensar aquello y se relajó y empezó a mear. Miró. Nada. De momento, nada. Cuando terminó se la sacudió con cuidado un par de veces. Cogió un trozo de papel higiénico y lo dobló por la mitad y se pasó el papel por la punta del capullo. Apretó los dientes y tiró el papel dentro del retrete y tiró de la cadena, pero el agua estaba cortada. Se la guardó y se subió la cremallera del pantalón.

Cuando volvió la mujer ya había recogido todo. Se acercó a él y le dio el arma. Le pasó una de las cartucheras por encima del cuello apoyando un extremo en el hombro y el opuesto colgando a la altura de la cintura cruzándole el pecho en diagonal. La otra de la misma forma pero en el lado contrario. Como un cazador de animales salvajes.

¿Moriremos hoy?

No lo sé, pero no lo creo.

Tengo miedo y hambre. Y no tardaré en estar con el mono.

Todo irá bien, tenemos armas y aún nos quedan muchos cartuchos. Después comeremos algo.

¿Y lo otro?

Después, también. Ahora tenemos que irnos.

Aquí siempre es después. ¿Qué harás si no lo soporto?

Te pegaré un tiro y seguiré yo solo.

Ella lo miró a los ojos con cariño intentando encontrar algo en los suyos. Pero no lo encontró. No encontró nada, ni una sola emoción.

¿Hablas en serio?

Sí,  hablo en serio, te dispararé, pero no te preocupes. Lo aguantarás.

Miraron a la calle y esperaron unos segundos. Dos manzanas más allá una nube de humo crecía detrás de un bloque de apartamentos. Ambas esquinas de la calle estaban desiertas y no se escuchaba ningún sonido. Le quitó el seguro al fusil  y se acercó a la salida. Cuando hubo empuñado el pomo de la puerta se dio cuenta de que ella le seguía mirando. Se volvió.

Bésame.

El se acercó y la besó en los labios. Acarició su mugriento pelo y volvió a besarla.

¿Qué?

¿Hablabas en serio?

Tranquila todo irá bien.

¿Y si no es así?

Lo será.

Necesito una respuesta. ¿Hablabas en serio?

No.

Se colgaron las mochilas en la espalda y salieron al exterior.

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Deprisa (Extracto)

Chap.5

Una escena del Gordo Tabacoso

(Adictos)

 

 

“…El Padre Gordo Tabacoso con sus gafas de pasta resbalándole por la nariz quema un poco de cannabis. El Padre con su traje oscuro, marcando michelín, hace aparecer pompas en la palma de su mano izquierda. Tiene una de esas barrigas que uno se queda mirando por la calle. Quema cannabis con su pantalón de color negro que ni de lejos disimula sus muslos rollizos, de recién nacido. Es como uno de esos bebes monstruosos de las noticias que pesan demasiado al nacer, que están predestinados a pasar una vida en la que su volumen molesta al resto de la gente en la cola del cine o dentro del metro. Con la piel tan sonrosada que parece salido de un bote de salchichas, a medio cocer, se lleva el canuto a la boca y balbucea entre dientes:

 

-Si lo miras bien, todos queremos darle pena a la gente.

 

Le prende fuego y se mete la bolsita de plástico en la que guarda la droga en un bolsillo de la chaqueta negra con alzacuellos. Se ha quedado sin filtros, así que, lo primero que hace es toser con su tos de tubo de escape atascado y me suelta:

 

-Es una forma de manipulación muy sencilla.

 

Ahora mismo, mientras se fuma el porro, es un hombre construido con neumáticos medio desinflados. Uno encima de otro. Hasta que una cabeza demasiado pequeña para un cuerpo así sobresale del último, se alza, y me mira a los ojos.

 

-La gente quiere escuchar lo desgraciado que eres o cuánto has pecado. Eso les libera de sus demonios y les hace sentirse más amables y comprensivos. A los sacerdotes se les ve así no por ser discípulos de Cristo, si se les considera Personas No Juzgantes es precisamente por toda la mierda que tienen que escuchar. Nadie que no fuese tan bondadoso podría con eso.

 

Me cuenta que alguna vez ha pensado en ordenarse sacerdote sólo por el hecho de oír a la gente confesarse.

 

Lo de ser cura es una de sus etiquetas. De sus adicciones. Colarse en los confesionarios de las iglesias de barrio a escondidas y confesar a la gente. Escuchar, me dice, que una cuñada se ha tirado al marido de su hermana te hace mejor persona. Escuchar que alguien es marica y que le gusta que le den por el culo y que su padre le mata si llega a enterarse te hace mejor persona. Me dice que te sientes mejor persona cuando no eres tú el que has abandonado a tu madre en una residencia a trescientos quilómetros por su bien.

 

A veces llega a excitarse. Sobre todo, los lunes. Los fines de semana, me dice el Padre Gordo Tabacoso, se le hacen eternos esperando llegar el lunes al despacho, sentarse y que cada uno de los pajaritos de Dios vayan llegando con sus blocs de notas llenos de pecados. Dispuestos a cantarle todo.

 

-Qué hijos de puta.

 

Al principio me daba vergüenza ajena estar sentado con él en un sitio público. La atracción de gabinete de variedades. La presencia por exceso de cualquier fiesta. El espécimen a observar. Eso, cuando todos tus amigos andan follando a diestro y siniestro mientras tu te vas a casa a meneártela. Eso, con treinta y dos años, sólo hay dos formas de llevarlo. El Padre me dice que es la postura más inteligente cuando descartas abrirte las venas. El mundo nunca está preparado para un ataque terrorista ni para una crisis económica ni para un maremoto en la costa de California, pero está dispuesto a creer que un tipo de ciento veinte kilos tiene un problema hormonal incurable sólo porque él lo dice. Que es sacerdote de los Franciscanos sólo porque él lo dice. Que pueden ir en paz, absueltos y queridos sólo porque Dios lo dice.

El mundo cree cualquier cosa que le digas antes que cualquier consecuencia que derive de sus actos. Es eso lo que hay que aprovechar según él. Eso y que tus padres sean los jefes de psiquiatría y pediatría de un hospital para que nunca te falte el dinero si la cosa sale mal.

 

Me cuenta que, si dispones de efectivo e inteligencia suficiente, si eres observador y atiendes a los pequeños detalles, puedes pasar por el Primer Ministro Británico si te lo propones. Así de fácil. Y me cuenta su primer día como Franciscano:…”