Note

Acabo de llegar de abajo. Sólo he tardado dos horas en encontrarla. Ya ves, tu llevas seis años preparando esas oposiciones y a mí me han bastado ciento veinte minutos para dejar el mio. Y para quemar mi tarjeta de crédito con gente que no volveré a ver en mi vida. A la que no les he importado más de ese tiempo. Más que las copas y el hachís que les he proporcionado.

Sí, estoy colocado. A duras penas logro acertar con las teclas del portátil nuevo que me ha dado la empresa. Y tardo una barbaridad en acabar cada frase porque no quiero que los tres últimos cigarrillos que me quedan se consuman en el cenicero. No sé escribir si no fumo al mismo tiempo. Son gajes del oficio, sea el que sea el mío. Un amigo me dijo una vez que después de cada cosa que hagas siempre va un pitillo. Lo que no me dijo es si va después de cada cosa buena o cada cosa mala. En realidad da lo mismo, porque después no haré ninguna otra cosa. Y eso me deja tranquilo. El saber que por una vez nadie va a morir a mi lado.

Ojala esté adulterada. Y lleve un porcentaje de cualquier mierda que no me permita enterarme de nada. Ojala solo dure un segundo mi aprensión a las agujas y tenga huevos para taladrarme la carne y metérmela en la sangre. Ojala antes de caer boca arriba en la cama tenga un momento de éxtasis, por breve que sea. Y que se me ponga dura, como nunca. Creo que todos los hombres pensamos que, en el momento de irnos al hoyo, nos gustaría sentirnos así. Preparados para echar un polvo. Es irónico eso de echar un polvo cuando miro toda la parafernalia que he montado sobre la mesita de noche para la presunta sobredosis que voy a meterme. Cuando esta misma tarde Julia me ha invitado a cenar en su casa.

 

Se me hace tarde y te tengo que colgar, hablamos luego – ha sido lo que le he dicho. Mi respuesta en tono cordial. Luego he colgado. Menuda forma de despedirse de alguien. Sobre todo de alguien que te quiere follar. A estas alturas reconozco que no me importa.

Cuando se les pase la etapa de llorarme, juzgarme y echarme de menos (no sé si en ese orden) espero que aprendan a quererme. Y que me lo digan aunque no pueda escucharlos. Nunca es tarde para decir eso. Sólo que yo no puedo decirlo más porque no va a ningún lado que yo lo diga.

 

Y me la suda lo de tener trabajo o abrirme camino en algo que me gusta tanto como esto. Hablo de darle a las teclas. Supongo que los más cercanos leerán el libro y supongo que los más inteligentes entre ellos sabrán leer entre líneas. Lo que espero es que nadie tenga el mal gusto de leerle esas entrelíneas a los que han intentado que esto no pasara. Porque reconozco que no les he dado ni una sola posibilidad de cambiar el curso de las cosas. Eso era imposible y ya sabéis, quien bien te quiere te hará sufrir. El caso es que a este lado de la puerta lo único que contaba era el corazón. Y me ha dolido la boca de repetirlo. No es que no escucharan o no se lo tomaran en serio. Ni que cueste creer que alguien busque algo diferente en este circo que nos empeñamos en llamar vida. Amigos, familia, los buenos ratos que vendrán por los malos, lo de tirar hacia delante, que todo es tan hermoso y esas frases hechas que nunca me he creído. Y nadie puede darme un motivo para no hacerlo, porque no vivimos en un mundo ni en una época que acepte una relación causa-efecto como esta.

 

Pero este soy yo. Y estos sois vosotros. Y son los que se quedan y los que se van. Porque nunca hay motivos. Las cosas…bueno, las cosas no tienen por qué entenderse siempre. Simplemente, a veces, las cosas pasan. Y a mí me ha pasado que es otro y no yo. Y cuando pase el tiempo estoy seguro que pensarán lo mismo que lo que quien me ha pasado la droga me ha dicho hace tres cuartos de hora. Sólo somos una historia.

Eso sí, cuando me deje de latir el corazón podéis bautizarme como cobarde.

 

Y es que de vez en cuando es bueno suicidar la literatura de uno mismo.

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