Celesta

Ese susurro en tu voz de agua

, como miles de ondas,

Arrastran mí costado junto al tuyo.

Limpias conmigo la tarde hasta bañarnos en rayos de plata.

Para el reloj

Porque cada segundo sin ti

Esta noche

Es una astilla.

Borra las fronteras

Y yo recortaré las distancias

Con tijeras de papel.

Te imagino recostada en las volutas de humo que salen de mi boca,

Elevándote delicadamente del suelo

con los sutiles soplos de mis labios.

Meciéndote y jugando distraída en el filo del cielo.

Quiero hacerte sonreír,

Que el brillo de tus ojos presente batalla a las estrellas

Mientras mis manos orbitan alrededor de tu cintura.

Que nos repartamos el alfabeto

Para inventar palabras nuevas.

Suspiros llenos de vocales.

Ubica mis consonantes en tus besos

Mientras

Para ti voy tejiendo

Una cota de luz

Que ahuyente al miedo.

Me regalas el lujo de observar

Como deslizan por mi mitad

Tus dedos y la seda que hay

Entre las perlas de tu boca

Hasta hacerme explotar.

Entonces la luna llena

Irradia un viento

Que va desvaneciendo

En tu regazo desnudo

Los misterios del universo

Y gotas nuevas de rocío

Se funden

Haciendo slalom por tu cuello.

Planeamos por las terrazas

cogidos de la mano

Moviendo las nubes y tú pelo

Todo al mismo compás

Abrazados y rendidos

En esa noche, casi, de ensueño

en la que no nos queremos soltar…

o

…Con o sin ellos lo soltarías

con la certeza y tranquilidad

de que cada vez que regresases

estaría esperando

dispuesto a tatuar

la Vía Lactea

en tu cuerpo.

Mar adentro

Abro la puerta del presidio y cada molécula de oxígeno es una minúscula atmósfera opresiva que me apremia. Sólo comparable al instinto sexual. No hay coito en esta desnudez. No hay Lourdes a la que peregrinar dentro de este infierno.

Camino descalzo sobre clavos, te dejo el rumbo marcado con los negros jirones cortados en las plantas de mis pies. Extractos del mapa, para cuando llegues. Me descoso el alma. Para cuando me busques. Lentamente en cruz por el pasillo que lleva al baño tocando las paredes con las puntas de los dedos. No hay tacto en estas manos. Sólo grietas. Un impulso neuronal clava las uñas en el gotelé. No hay comprensión en este asilo. Sólo exigencia. Compulsión. Arranco con los dientes las sangrantes cutículas. No hay regeneración celular en este glacial. Sólo quemazón de piel. Sólo distorsión mental.

Pinto los muros con una fina raya carmesí. Mi electrocardiograma. Mi constante vital. Dibujo con las yemas escenas bíblicas sobre el lienzo de hormigón. Salmos con los nombres que me han abandonado. Aprieto. Hiero. Fuerzo la salida de la tinta. No hay lengua noble en este manuscrito. Sólo símbolos paganos. La mueca de una demente y sórdida sonrisa franquea mi paso a la entrada del baño. El gato de Cheshire ronronea entre mis piernas alzando el rabo. Meloso. Cierto. Una dentadura biliosa me muerde hasta el hueso en la espalda sorbiendo de la espina dorsal. Drena mi esencia en esta oscuridad.

Me arrodilla ante vosotros. No hay redención en este Vía Crucis. Sólo desafecto. Espinas hiriendo la frente, mancillando lo pálido de mi perfil. De lo que debe haber sido. Crece esa atípica anemia en mi médula. No hay alquimia en este hospital clandestino. Sólo carcasas humanas colgadas del techo. Corre, deseo, corre, porque en esta Gomorra solo hay fuego y…azufre.

Podría empezar a morder la pared. Masticar la pintura y el cemento. Comérmelos en pequeños polvorones de cal. No hay digestión en este calvario. Sólo hinchazón de vísceras. Deformación. No hay alimento en este útero. Sólo apetito voraz.

En el espejo, dos ojos graffitteados. Como las estrellas fluorescentes que se pintan en el cuarto de un niño. Inyectados del linaje de Caín. Puedo ver a Nerón en mis propias pupilas. Dos pozos infinitos que escupen fuego a mi cara. Parpadeos que se me antojan guillotinas sobre una quijada ósea. Dos alas mitológicas me acunan levantándome del suelo. Sopla el bochorno que viene de la más alta montaña que tenemos hoy. Sierra mi nuca. Chorrea por mi garganta. Lija mi carne.

En el suelo pequeñas gotas del llanto purpúreo de un recién nacido. Mi cordón umbilical como una enredadera. Desparramo por las baldosas. Me disperso. No hay fertilidad en este páramo. Sólo ardiente arena. Sólo inmenso desierto.

Dentro de la cuna de porcelana, en esta cuna hirviente, encomiendo el rápido latigazo metálico a mi siniestra. Profundo. Y emano. Me derivo. Me origino al pecado original tiñendo este lecho termal. Buceo por un mar platónico hasta el más insondable abismo. Tiemblo. Palpita mi pulso sobre la última placa tectónica que queda en la tierra. Me diluyo espeso. Viscoso. Me mezclo con el agua sacando de mi paleta el color que nunca querrías ver. Somnoliento hasta dejar que mi humanidad termine de fluir. . . .

Una última reflexión para poder dejar algo más que mi rigidez me pregunta por qué. Para cuando vuelvas e inquieras, únicamente da un paso frente al horror. No hay respuesta en este vacío. Cuando des un grito que retumbe en el cielo, limítate a secar tu cuerpo con el mío. Sólo hay silencio en esta consciencia. Aliméntate.

Para cuando llores desde ahí arriba: mira mi rígida momia desde tu catatonia. Despierta y enfréntame.

Abre el témpano de mi mano. Recoge la cuchilla y sal, porque no hay doctrina ni explicación a este acto. Sólo consumación. No hay absolución en este rezo.

En esta plegaria…no…hay……NADA.


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Las tardes desapacibles después de una mañana de calor.Me gusta mirar el estallido de la lluvia contigo.El cielo parece una naranja abierta por la mitad con los dedos.

Me gusta sentirme a refugio cuando el zumo sale escupido de súbito y choca contra la ciudad. Las nubes cambiando de forma como gajos estrujados ahí arriba.

Caldo ácido erosiona las máculas del alquitrán enfermo. La gente se pone las gafas de sol para que no le queme los ojos. Un ejército de soldadores a la carrera. Me gusta que sea intensa y fugaz. Diría que huidiza. Es algo que lo conecta todo. Me gusta que le recuerde a la gente que del esplendor a la marchitez media un tajo.

Somos dos pulpas exóticas saltando dentro de los charcos.Manchándolo todo de color.Me gusta sacar los fantasmas de tu tuétano.

Me gustan tus besos con sabor a mandarina.

Ciclo

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Anochezco en esa vieja espiral. Lo que hoy ha atraído vuestras miradas han sido los inaudibles aullidos de mi alma. La raza en mis ojos vedados por oscuro cristal. Extraña, firme, libre, flamígera. Quizá maldita. Quizá animal. Como siempre.

Por eso la camarera no ha permitido quedarse en simplemente ponerme el café. Por eso el hecho de comprar una barra de pan me es extraño a veces. Un sin fin de actos cotidianos se presentan ante mí. Un sin fin de conversaciones. De olores, de imágenes. Asisto a todo como si se tratase de una cadena de fotogramas. Una cadena de montaje.

Hasta que me toca a mí entrar en escena. Eso es lo difícil. Porque soy el bueno, el feo y el malo al mismo tiempo. Y el eco de mis disparos es atípico. Tienen un efecto boomerang que suele ser devastador en muy dispares aspectos pero a un nivel mil veces más elevado que el acostumbrado. Esa es la respuesta a algunos de vuestros correos electrónicos. A veces me aterroriza pensarlo. También por mí, mucho por mí. Es la marca que no permitirá que llegue a ese destino que entiendo como mío.

Cambio de ciclo, sí. Y,hoy,el crepúsculo me hace ser un bulímico energético. Nauseas de proyectar este insólito animal encarcelado tras la máscara social-evolutiva. No es de extrañar que el mejor polvo de mi vida fuese la noche antes de un día de eclipse. Creo que llegué a tocar sus entrañas. Esa parte de sus entrañas. Gritos en un orgasmo de selénico espíritu. Un mar de sudor cósmico. Cada gota perlada, destellos dentro de un diamante. Cuando lo pienso después de tantos años creo que ya no pudo verlo igual. Ya no pudo verme igual. Yo tampoco quise verme así. Aún me pasa eso a veces.

Y yo, sigo hechizado, muriendo y naciendo a ciclos. Es el sentido del grabado de mi cuerpo. Mi Fénix. Es mi humanidad, y tendré que hacer algo con ella. Veremos.

No pretendo que esto se entienda, pero el antiguo hormigueo en los dedos no me ha dejado en paz en toda la tarde.

Mañana el cielo dirá.

A ciento y sin ti kilómetros por hora

 

No sé por qué, pero esta noche me pregunto dónde estarás aunque lo sé. No es una noche especial…aunque  si soy sincero,  he de decir que ya no hay noches especiales. Al menos no como antes.

No, sin ti. Y es que en tan poco tiempo ya apenas alcanzo a pronunciar tu nombre ni a sonreír. Me suena vacío. Si pudiera no dejaría bautizar a nadie más con él, pero no puedo. Bueno, no puedo casi nada, ya sabes. Y sin embargo, cada día me bautizo yo mismo con lágrimas y me resbalo por callejones llenos de basura y las ratas me arañan el pantalón.

Dime ¿estás mirando desde ahí arriba? ¿Me has visto esta mañana buscando tu cara en los charcos que ha dejado la lluvia sobre el alquitrán?

Te he debido de parecer idiota, y, sin embargo, ya salía mojado de casa. La cara húmeda y las manos frías, como siempre. Como nunca. Es una extraña sensación, esa. Darte cuenta de que aún es peor. Y más frío. Y más seco. Y más oscuro. Y menos tarde.

 Antes entré en tu cuarto y me quede un largo rato mirando tus muñecos de trapo, tus marionetas y ese lienzo a medio acabar. ¿Puede ser que sus ojos de botón me hayan parecido más pequeños? ¿Más sucios y mezquinos? Ni siquiera ellos me han dicho nada. No me han explicado por qué. Han sido los únicos de los que no he recibido consuelo. Quizá ya lo supieran y no les dio tiempo a despedirse. Y por eso les estén empezando a salir colmillos bajo su único labio. O puede que quien muerda sea la vida al no ir contigo al cine. Al no esperarte con un café en el portal. Al no perder el tren. Al no enredar mis pendientes en tu pelo cuando duermo…al no…

Me paso las horas apostando “Al no”. Y mis tatuajes empiezan a escocer sin tus dedos sobre mi piel. Agradezco que no me den una palmadita en la espalda y suelten un “ánimo, y adelante”. No se dan cuenta de que solo quedan puertas de atrás sin luminarias de emergencia. Sin pasillos que muestren el camino a seguir. O a correr. O a soñar.

Veo cada estación, cada aeropuerto, como mi hogar. Te busco cargada de maletas entre las caras de los últimos pasajeros a la carrera. Levantando el brazo para detener el inicio del viaje. ¿Quién no te esperaría? ¿Quién a ti? No hay dirección que no sea un contrasentido a la circulación ahora. Ahora, no hay destino ni pasión y enfermo después de eyacular.

Y mi cabeza viaja a ciento y sin ti kilómetros por hora y la Pasión y Muerte de Cristo me da risa ahora cuando voy metiendo en cajas tus cosas haciendo sitio al dolor de limpiar la alfombra sobre la que tantas veces nos sorprendió la aurora.

Aún me huele todo a tus manos manchadas de pintura, a tu risa y tu cintura. A poesía y cintas de video. A comida china, sexo, y a nuestras canciones y a esa versión que nos encantaba de Devendra que me tumba de espaldas sobre la cama desecha y la vida tiene arrugas de camisa mal planchada.

Y por cierto: ¿En qué cajón guardaste los mecheros? Porque no dejo de fumar y matarme de esa forma y escupir el humo al espejo y buscar tu reflejo y ya no estás para compartir el cenicero y… yo que sé…que te echo de menos.

 

Ciudad cazada (1)

Pasabas la mayor parte del día dando tumbos por la ciudad. Sin dirección ni horarios ni atascos en las avenidas. En aquellos días uno podía saltarse las reglas si quería. Cruzar por un paso de peatones con el muñeco en rojo. Salir de un establecimiento con la alarma antirrobos timbrándole en los oídos. Empezar la mañana al volante de un deportivo y llegar a casa por la noche bajando de un monovolumen. A cualquier casa. Todas las casas de la ciudad eran tu casa. Y si alguien ponía una objeción al respecto sacabas tu arma del cinturón y le pegabas un tiro. Y luego le pegabas un tiro a su mujer. Y luego otro a cualquiera que a esas alturas no te ofreciese un asiento. Y luego te ponías a ver un programa en la televisión con los pies apoyados encima de la mesa.

Por la mañana lo primero que escuchabas si dormías cerca del centro era el sonido de los semáforos. El pitido intermitente que avisaba a los ciegos de que había que acelerar el paso. Creo que sólo en accidentes de tráfico moría más gente en una semana que ahora en meses. Psicópatas encerrados entre hierro con sus corazones de hierro acelerando y clamando porque les dieses una excusa para cargar contra ti. Y siempre había una excusa para echar la culpa a otro. Hacia otro lado. Claro que ahora no hay ciegos. Todos fueron limpiados. Poco después alguien me preguntó si no echaba de menos el bullicio en las calles. Yo le dije que lo que echaba de menos antes era el silencio. Y otro poco tiempo después ya no hubo electricidad ni pitidos intermitentes y cualquier sonido parecía un trueno violando tu sien.

A menudo llovía. Y cuando lo hacía tenías que resguardarte. El agua llegaba a quemarte la piel. Lluvia ácida. Las fachadas de los edificios como caras de un niño con varicela. El granito gris moteado y sucio y largos chorreones de óxido cayendo como lágrimas desde los marcos metálicos de las ventanas de los pisos más altos. Como clavos de un hangar corroídos dentro de una vieja caja de herramientas. Cristales en el suelo reflejando el cielo rojizo. Todo un océano estallado y sólido trayendo el romper de las olas contra los riscos de la costa crujiendo a tus pies. Cosecha de estalagmitas cortando la suela de los zapatos entre montones de basura. Rastros de sangre muriendo bajo las cubiertas de los starbucks. Y de gasolina. Papeles tirados por todas partes. Trozos de ladrillo y de metal. Plástico y ropa sucia. Muebles, mesas, todo lleno de polvo y con sus miembros amputados. Volcado y destrozado y saliéndose del orden natural de las cosas si es que tal cosa existe. La inmutabilidad de las costumbres y lo establecido patas arriba rompiendo el concepto de lo perfecto del mundo de uno. Casi parecía que la ciudad entera fuese un enorme cubo de rubik que alguien ha girado desordenándolo por completo. El suelo en lo alto, la derecha a la izquierda. Policromía total. Cada cara con un cuadrado de amarillo y de rojo y de azul y de verde y de naranja y de blanco. Sintiéndote la pieza central, ahogada y estrujada por la maraña urbana.

Y tú allí, en medio de todo.

***

 

 

Cuando despertó aquel día le costaba respirar por el humo. El hollín se le metía por las fosas nasales arrastrando olor a desolación. El mundo esterilizándose a sí mismo. Se dio media vuelta aún con los ojos cerrados y luego a ciegas cogió la pequeña botella de agua mineral y desenroscó el tapón. Volcó la botella unos grados y dejó caer un poco de agua sobre su mano y después se frotó los ojos con ella suavemente alrededor de los párpados. Como si se desmaquillara. Quitándose el polvo de los ojos. Volvió a enroscar el tapón en la botella y dejó la botella al lado. Echó un rápido vistazo en derredor y vio el fusil de asalto y las dos cartucheras colgadas de una percha para abrigos en la pared. Ella aún dormía con las dos mochilas y el abrigo de pana bajo la cabeza haciendo las veces de almohada. Él se levantó y se subió la cremallera del jersey hasta la nuez. Salió de detrás de la barra americana procurando no hacer ruido y echó un vistazo a la calle desde la ventana. Ni un ruido por la noche, pensó. Corría un viento que levantaba en vuelo a su paso los papeles y basura del suelo. Arrastrándolos por el aire antes de dejarlos caer de nuevo, en un bucle que observó durante unos segundos más procurando no desvelar la posición que le ocultaba de cualquier posible observador. También pensó que seguramente si deambulaba por la ciudad y prestaba atención, se encontraría con el mismo anuncio publicitario que tenía enfrente tiempo después en algún otro lugar. Cuando se dio la vuelta ella ya estaba despierta mirándole. La mujer, dijo:

 

Pareces un fantasma.

Soy un fantasma.

Ya, todos lo somos ahora ¿verdad?

Así es.

Se quedó observando a la mujer. Pálida y delgada como un perro callejero. Las bolsas de los ojos hinchadas y los labios retorcidos sobre sí mismos al sonreír. Las tetas no mucho más del tamaño de un albaricoque que empieza a encogerse y arrugarse por la deshidratación. Si seguía perdiendo masa muscular no tardaría en llegar al punto de ser incapaz de seguirle el paso. Entonces tendría que tomar la decisión de dejarla a su suerte o correr aún más riesgos. Difícil decisión.

Bebe un poco de agua, nos vamos.

¿Los has visto?

No, pero no tardarán en venir. Estamos en la lista. Toda esta zona lo está.

Quieren limpiarnos.

Sí.

¿Y no puede ser que…Bueno, que las cosas cambien, que ya haya sido suficiente?

No lo creo. No pueden dejar resto alguno.

Es una mierda, todo esto.

Sí, lo es.

Fue al baño del restaurante y se acercó a un retrete y se bajó la cremallera del pantalón militar y se sacó la polla. Le escocía ligeramente desde hacía tres días. Cuando meaba era peor. Y no sabía cómo iría unos días después. Pensó en qué haría si la orina salía tiznada de rojo. Después dejó de pensar aquello y se relajó y empezó a mear. Miró. Nada. De momento, nada. Cuando terminó se la sacudió con cuidado un par de veces. Cogió un trozo de papel higiénico y lo dobló por la mitad y se pasó el papel por la punta del capullo. Apretó los dientes y tiró el papel dentro del retrete y tiró de la cadena, pero el agua estaba cortada. Se la guardó y se subió la cremallera del pantalón.

Cuando volvió la mujer ya había recogido todo. Se acercó a él y le dio el arma. Le pasó una de las cartucheras por encima del cuello apoyando un extremo en el hombro y el opuesto colgando a la altura de la cintura cruzándole el pecho en diagonal. La otra de la misma forma pero en el lado contrario. Como un cazador de animales salvajes.

¿Moriremos hoy?

No lo sé, pero no lo creo.

Tengo miedo y hambre. Y no tardaré en estar con el mono.

Todo irá bien, tenemos armas y aún nos quedan muchos cartuchos. Después comeremos algo.

¿Y lo otro?

Después, también. Ahora tenemos que irnos.

Aquí siempre es después. ¿Qué harás si no lo soporto?

Te pegaré un tiro y seguiré yo solo.

Ella lo miró a los ojos con cariño intentando encontrar algo en los suyos. Pero no lo encontró. No encontró nada, ni una sola emoción.

¿Hablas en serio?

Sí,  hablo en serio, te dispararé, pero no te preocupes. Lo aguantarás.

Miraron a la calle y esperaron unos segundos. Dos manzanas más allá una nube de humo crecía detrás de un bloque de apartamentos. Ambas esquinas de la calle estaban desiertas y no se escuchaba ningún sonido. Le quitó el seguro al fusil  y se acercó a la salida. Cuando hubo empuñado el pomo de la puerta se dio cuenta de que ella le seguía mirando. Se volvió.

Bésame.

El se acercó y la besó en los labios. Acarició su mugriento pelo y volvió a besarla.

¿Qué?

¿Hablabas en serio?

Tranquila todo irá bien.

¿Y si no es así?

Lo será.

Necesito una respuesta. ¿Hablabas en serio?

No.

Se colgaron las mochilas en la espalda y salieron al exterior.

A mil cigarrillos de ti

Llevo ya, mil cigarrillos de más en tu habitación.

Suelto más de cien nubes de humo al compás

De los minutos que faltan para ver despertar

Diez veces más

Tu pasión.

Llega ya, el momento fatal

De apagar otra vez

Mis cenizas en el cristal de tu iris

Dando fin a la espera en crisis

De aguardar a que despiertes

Para darle curso a tu petición.

Y amaneces palpitando

Y comienzo a pedir al fin:

A tus ansias que se hundan en mí.

Por tus valles y cimas,

A tus rectas y esquinas

Que  se acerquen a mí.

Y lasciva me anclas en tus mares de fuego

Atracando mis manos en el puerto del sueño

De ser dueño del tremendo furor

Que resbala en tus piernas.

Y vuelvo a pedir así:

Por tu melena de trigo y por los inquietos gritos

Que golpean mis sienes de hojalata, como aquel tambor.

Y yo…me paro a mirar, tu cintura

El arco de tu espalda

Y disparo mis flechas

Y me disparo yo mismo entero

Dentro de ti

Haciendo diana

En tu carne caliente y mojada…de color carmesí.

Esperando encontrar así, el hecho insoluble

Del beso que ha de producir

 Todo lo que a mi me lleva

A buscar sin fin

La espera quebrada

De volver a estar muy adentro de ti.

Y mientras tanto…Mientras, muy lentamente,

Despacio, tranquilo,

Voy fumando mil cigarrillos de más

Entre tu dormir…y…dormir.

 

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